2016/03/15
2013/03/24
Children of the revolution
2011/05/15
Espacios para la nostalgia
La romántica implicación en los movimientos de liberación de los países del Tercer Mundo cegó a muchos no solo ante la realidad de estos países, sino también ante la de su propia sociedad. "¡Dos, tres, muchos Vietnams!", gritábamos en el Kurfürstendamm de Berlín. Como es bien sabido, aquella entusiasta adhesión a una utopía fue la perdición de muchos. Me he quedado en el recuerdo una conversación con Ulrike Meinhof, la última que mantuve con ella. Nos conocíamos hace tiempo, y podíamos hablar sin tapujos el uno con el otro. A diferencia de muchos izquierdistas que se habían unido al movimiento a través de posiciones teóricas y del estudio de las obras de Marx, Lenin, Stalin o Mao Tse Tung, y de los que simplemente se habían sumado a la moda, las actividades políticas de Ulrike estaban basadas en un carácter profundamente humano: en sus palabras podían leerse claramente su implicación moral y su indignación.
Un día Ulrike llamó a nuestra puerta. En aquel momento yo estaba pintando de rojo el marco de las ventanas de la cocina. "¿Pero qué haces? -me preguntó acusadora-, ¿cómo puedes pintar tus ventanas cuando hay tanta miseria en el mundo? Ayer murieron miles de vietnamitas, víctimas de las bombas estadounidenses, millones de personas mueren de hambre en tu país (Irán) y en otros lugares, decenas de miles están siendo torturadas en prisiones. ¿Cómo puedes aceptar esos crímenes con tanta despreocupación? ¿Cómo puedes renovar tan tranquilo tu casa?"
Ulrike nunca había hablado conmigo en un tono tan radical y obsesivo. Parecía extremadamente nerviosa, caminando constantemente por la cocina. "¿Qué te pasa?", le pregunté.
"He decidido poner fin de una vez a esta hipócrita vida burguesa y aceptar las consecuencias de sumarme a la lucha. Las pamemas de los izquierdistas de salón solo sirven para incrementar las posibilidades de supervivencia del capitalismo. Tenemos que desenmascarar al Estado, obligarle a mostrar su verdadero rostro. Solo así será posible preparar aquí la revolución, despertar a la gente de su letargo. Tenemos que plantear y responder aquí y ahora la cuestión de la contraviolencia revolucionaria".
Su voz, estridente y temblorosa, y su mirada insegura e inquisitiva me confirmaron que con sus palabras no era capaz siquiera de convencerse a sí misma. Por eso intenté contrarrestar sus argumentos para que cambiase de opinión. "No creerás en serio que un puñado de personas armadas puede hacerle siquiera un arañazo al aparato del poder en Alemania -le respondí-. Sí lo que a ti te preocupa es la concienciación, la movilización de la gente contra la represión del Estado, no me entra en la cabeza que puedas hacerlo mejor con la metralleta que con la pluma. Tú eres una periodista de prestigio. Tus artículos los leen cada semana decenas de miles de personas, y surten efecto".
"Te equivocas -dijo Ulrike-, ¿por qué piensas que un grupo militante será menos efectivo en la lucha contra el aparato del Estado que las publicaciones de un par de juntapalabras que no siquiera son capaces de hacer frente a la prensa reaccionaria? Mis artículos los leen normalmente quienes están de acuerdo con ellos. La derecha, en cambio, los usa como hoja de parra de la democracia. ¿Pero tú sabes cómo temblarían y lo mucho que te bailarían el agua los poderosos a poco que reconociesen el más mínimo peligro para su poder y para ellos mismos? Ése es precisamente el cobarde rostro del capitalismo, ésas son las máscaras que tenemos que arrancarles con acciones armadas".
Nuestra conversación se alargó durante horas. Mis esfuerzos fueron en vano. No hubo forma de disuadir a Ulrike. No volví a verla nunca más.
Espacios para la nostalgia. Por qué no se hizo la revolución. Está escrito por Bahman Nirumand y es un capítulo del libro La Rebelión del 68, editado por Global Rhythm en castellano en 2007. Por cierto un libro horrible de Cohn Bendit y Rüdiger Dammann, que en la edición española va adornado por una faja con una frase de José María Aznar.
2011/02/20
Última carta de Ulrike
2010/08/08
Itinerario de Ulrike Meinhof
Hace apenas unas semanas, la prensa alemana informaba de la puesta en libertad de Brigitte Mohnhaupt, tras dieciocho años de cárcel. Mohnhaupt fue condenada por haber participado en varios atentados de la Fracción del Ejército Rojo. Las crónicas de su salida de la cárcel han presentado a Mohnhaupt como una superviviente. Primero, en el sentido literal: los principales dirigentes del grupo terrorista aparecieron muertos en prisión, víctimas de una oleada de suicidios que dio lugar a una agria polémica en Alemania. Pero en segundo lugar, Monhaupt ha sido presentada como una superviviente en un sentido más general. Cuando ingresó en prisión seguían existiendo los bloques y su país estaba aún dividido por el muro. Los cambios experimentados desde finales de los 80 no parecieron afectarle, según los funcionarios encargados de su custodia. Nunca se arrepintió de los asesinatos cometidos durante su juventud y, por otra parte, nunca renunció a la ideología que imaginaba promover con ellos.
Ulrike Meinhof iba en serio
El siguiente texto es un fragmento de una entrevista con Sacristán que Jordi Guiu y Antoni Munné realizaron para la revista el Viejo Topo, en la primavera de 1979. No llegó a publicarse en aquella época porque, como recordó Guiu posteriormente, Sacristán arguyó el carácter excesivamente personal, subjetivo, de algunas reflexiones y el posible efecto desmovilizador que su lectura podía provocar en algunos sectores y entre algunos activistas de la izquierda. La entrevista fue publicada por vez primera, diez años después de su fallecimiento, en Mientras Tanto nº 63, 1995 pp. 115-129. Jordi Guiu escribió una breve presentación para esta edición, de la que reproducimos el siguiente paso:
[...] de aquella conversación se ha conservado la transcripción literal de las palabras de Manuel Sacristán sin las preguntas que se formularon. Se perdieron las cintas, así como la versión de la entrevista tal y como iba a ser publicada. De todas maneras recuerdo que iniciamos la entrevista preguntándole por las razones de su silencio en el periodo que va de 1968 hasta su edición de la biografía de Gerónimo y sus trabajos sobre Ulrike Meinhof (1975).
"En la Meinhof, a mi lo que me ha llamado la atención es que ella no era una intelectual, era una científica, iba en serio, quería conocer las cosas. Aunque acabara en la locura. Cosa manifiesta que acabó en la locura, en la insensatez, como Meins, como los demás, pero era gente que iba en serio. Por “ir en serio” entiendo no precisamente tener necesariamente ideas ciegas -la ceguera nunca es seria: es histérica, que es distinto- ni tampoco necesariamente ideas radicales. Con las mismas fórmulas teóricas de Ulrike Meinhof se puede ser perfectamente un botarate. No es nada serio, no se trata de eso. Se trata de la concreción de su vida, del fenómeno singular. No se trata de las tesis, que pueden ser, por un lado, disparatadas y, por otro, objeto de profesión perfectamente inauténtica, a lo intelectual.
Supongo que queda muy oscuro eso. Tú me has hecho la pregunta de por qué me había dedicado a estos temas. Yo más bien te he dicho por qué dejé de escribir.
Quizá podría añadir alguna cosa. En el caso de Gerónimo, ahí van dos cosas, diferentes de las del casode Ulrike Meinhof. En mi ocupación con Ulrike Meinhof, con el grupo de Baader-Meinhof en concreto, supongo que mi motivación es doble. Por un lado está el hecho de que yo no puedo evitar ser germanista. Yo tengo mucho amor a la cultura alemana y al pueblo alemán, me interesa mucho todo lo alemán. Entre los rojos españoles estoy en minoría, soy germanófilo al mil por mil... Una de las motivaciones era ésta: entender cosa alemana, cosa que les pasa a los alemanes. Entender cosa que les pasa a los alemanes es entender cosa que me pasa a mí, porque tengo un buen elemento de cultura alemana asimilada [...].
Una de las motivaciones era esta, comprender la cosa alemana, cosa les pasa a los alemanes. Entender cosa les pasa a los alemanes es entender cosas que me pasan a mí, porque tengo buen elemento de cultura alemana asimilada. [...] Esta motivación estaba, pero sobre todo la otra, la presente, la consciente, era una motivación crítica. Intentaba entender la locura política del grupo Baader-Meinhof como negativo de la locura satisfecha de los partidos comunistas occidentales. Era otra clase de locura, pero era sólo el negativo de la misma locura, de la misma falta de sentido común".
Este escrito se puede encontrar actualmente recogido en un libro de la editorial Catarata que lleva por título De la primavera de Praga al marxismo ecologista: entrevistas con Manuel Sacristán Luzón.
Historia de una amistad
Rudi Dutschke reflexionó en 1969 sobre el camino hacia la ilegalidad, un año después de que el autor de un atentado lo dejase malherido con tres disparos, y un año antes de que Ulrike Meinhof se decidiese por la “lucha armada”.
“¿Es de extrañar que le disparasen precisamente a él? Al más querido de mis amigos políticos”.
Ulrike Meinhof, abril de 1968.
La República Federal en 1967: Altos puestos sociales y altísimo cargos del Estado están ocupados por antiguos nazis, reina un clima autoritario. En la “ciudad frente” de Berlín Occidental, donde la Oposición Extraparlamentaria protesta airadamente contra el “hedor de los mil años”, la guerra de Vietnam y la visita del Sha, el Senado amenaza con apalear a la juventud rebelde. La policía se entiende como porra prolongada de la autoridad, los medios del conglomerado de Axel Springer calientan, además, los ánimos. Este es el ambiente en el que Benno Ohnesorg muere el 2 de junio de 1967 por disparos de la policía, éstas son las condiciones contra las que escribe Ulrike Meinhof en konkret, contra las que se opone Rudi Dutschke en sus apasionados discursos.
Es el año en que se conocen Rudi y Ulrike. Su amistad dura dos años justos, pero son dos años que cambian la faz del país.
El interés de Jutta Ditfurth radica en los motivos y la evolución de Ulrike Meinhof y Rudi Dutschke, y en la dinámica de aquella época en que ambos vivieron y que influyó en sus vidas al menos tanto como “Rudi y Ulrike” marcaron la evolución de aquellos años. Así lo cuenta Jutta Ditfurth cuando habla de la amistad entre ambos directores de opinión del movimiento del 68, y, a la vez, también del cenit y del ocaso de la “oposición extraparlamentaria”, la APO (en sus siglas alemanas. V. R.). Su libro es una pieza viva de la historia contemporánea, reflejada en las vidas, entrelazadas por pocos años, de los dos exponentes más populares del movimiento estudiantil.
Por Jutta Ditfurth
Traduccción: Vicente Romano
2010/04/09
Cinco puercas
que estaba aporreando
en el Estado Corporativo Austriaco
a la estudiante que escupía sangre y dientes
"¿Y sabes por qué?"
No porque seas una nazi.
Abre bien las orejas:
¡yo sí que soy un nazi!
Sino porque causas tantas dificultades
a la policía".
También a Rosa Luxemburgo
la llamaron "la puerca"
quienes estaban gritando
"¡Esta puerca tiene que nadar!"
Se referían al Canal de Landwehr.
Y tras el arresto
de Ulrike Meinhof aclaró
un portavoz de la policía a un periodista:
"Para los seres humanos somos humanos
Para una puerca somos puercos
¡y si hace falta incluso jabalíes!"
Y cuando en Bremen l aseñora Ernestine Zielke
con más de sesenta años de edad
que iba a su casa desde el Estadio Weser
se derrumbó bajo las porras
le dijeron "¡Ponte de pie, vieja puerca!"
Cuando se puso de pie volvieron a derribarla a golpes.
Eran las mismas porras
que en Notting Hill barrio de Londres
se abatieron sobre la chica negra
a los gritos de "Dirty black sow!"
No resulta difícil traducirlo.
Erich Fried
[LS 37]
2009/11/17
Porque el fuego no muere.
“Acabar con la resistencia significa lo mismo que destruir la salud. Acabar con la resistencia significa en última instancia: matar.” Ulrike Meinhof
He nacido muy cerca de
Cuando en los años setenta se formaron de nuevo grupos y brigadas de combatientes, los últimos partisanos aún seguían presos, como Belgrado Pedrini y Giovanni Mariga. Durante el primer proceso en el cual estuve imputado por asociación subversiva con la llamada “Brigada Dante di Nanni“, en el informe de instrucción, junto a otros jóvenes y otros incluso aún más jóvenes, saltaba a la vista el nombre de un setentón Mariotti Libero, un viejo anarquista de las Brigadas internacionales que luchó en España. E incluso los primeros “hierros viejos” que se veían, venían de la resistencia del ‘44. Circulaba una “Staier“, que había hecho la guerra civil contra Franco, y no había dejado de funcionar de lo bien conservada que la tenían.
Es extraña la resistencia, a veces se yergue mostrándose potente y majestuosa, como en Estalingrado y en Vietnam, otras veces parece claudicar como en Bolivia.
Si el fuego, la brasa, la ceniza pueden convertirse en metáforas de la resistencia como sucede en el poema de Pablo Neruda, entonces se entiende que después de la llamarada se forman las brasas y luego las cenizas. Pero a menudo las cenizas conservan el fuego como un viejo volcán, y basta con un soplo de aire para hacer volar la superficie muerta, descubrir las ascuas y hacer arder la llama, y a veces incendiar la pradera.
Nosotros que éramos jóvenes, de los de
Siempre tuve el temor que los exterminasen, como habían hecho en nuestras aldeas de montaña: en Vinca, en San Terenzo, en Sant’Anna di Stazzema.
Hacéis bien en preguntaros, ¿qué tiene que ver todo esto con el arte y con los mosaicos? Los dos años de trabajo con los mosaicos, hechos entre un trabajo mío en la cantera y otro, van dedicados a los miembros de
Paolo Neri, 2008
2009/09/14
El honor perdido de Katharina Blum
El Premio Nobel Heinrich Böll escribió esta novela a principios de los años 70, que fue cuando nacieron en Alemania los primeros grupos de lucha armada como la RAF o el Movimiento 2 de junio. Nacieron como consecuencia del movimiento del 68, que con sus métodos no consiguió llegar a su meta: un mundo más justo y sin guerras
Harry STÜRMER Profesor de alemán y traductor (Goethe-Institut)
El próximo 29 de febrero tendremos la oportunidad de ver una excelente película en la casa de cultura de Okendo de Donostia (19.00). Una película que no se ve todos los años. Y no es por lo del año bisiesto. Se trata de «El honor perdido de Katharina Blum». Volker Schlöndorff rodó la película en 1975, cinco años antes de recibir un Oscar por «El tambor de hojalata» y un año después de la publicación de la novela del mismo título («Die verlorene Ehre der Katharina Blum») del escritor alemán y Premio Nobel, Heinrich Böll.
El tema de la película son los valores, el honor, de un ser humano en contraste con los métodos de los, o algunos, medios de comunicación. El personaje central es Katharina Blum, una modesta mujer alemana divorciada, trabajadora, sincera y serena, a quien llaman «la monja». Un día de carnaval se deja animar por una amiga y acude a una fiesta donde conoce a un hombre atractivo y simpático que le confiesa que había desertado del Ejército y está siendo buscado por las fuerzas de seguridad del Estado. Katharina decide escuchar a su corazón y le deja dormir en su casa, no sin indicarle antes una vía de posible fuga. Así, cuando a la mañana siguiente la policía irrumpe en su domicilio, ella se queda tranquila con su conciencia. Pero su estado de ánimo cambia al ver la campaña que la prensa, en armonía con las fuerzas del Estado, lanza contra ella. Llegándose al punto de... Pero no vamos a anticipar aquí toda la película.
Lo que sí podemos decir es que, al final de la película, Katharina, a pesar de todas las posibles vulneraciones de unas leyes establecidas en el Código Penal, jamás ha perdido su honor, todo lo contrario. Ella es la heroína santa de la historia, defendiendo los valores que la prensa ya perdió hace tiempo en Alemania (y en otros sitios).
El Premio Nobel Heinrich Böll escribió esta novela a principios de los años 70, que fue cuando nacieron en Alemania los primeros grupos de lucha armada como la RAF o el Movimiento 2 de junio. Nacieron como consecuencia del movimiento del 68, que con sus métodos no consiguió llegar a su meta: un mundo más justo y sin guerras.
Según los afiches de «se busca» de la Policía -que eran utilizados por primera vez desde los tiempos nazis como método público de persecución en Alemania- la periodista estrella de izquierdas Ulrike Meinhof estaba involucrada en la liberación del militante Andreas Baader. Éste cumplió cadena en la cárcel por haber atentado contra un centro comercial, como protesta contra el consumismo y la indiferencia ante la guerra de Vietnam. Böll pidió públicamente garantías estatales para que la periodista se entregara voluntariamente. Pero se equivocó doblemente, ni el Estado alemán, empezando a desarrollar todo su arsenal antiterrorista contra este grupo opuesto al sistema, estaba dispuesto a dar estas garantías, ni Ulrike Meinhof quería entregarse para volver al arma de la pluma.
El Estado alemán y su prensa se tomaron muy mal esta iniciativa del Premio Nobel, más aún cuando la RAF (Rote Armee Fraktion - Fracción del Ejercito Rojo; a cuenta del trabajo de los medios de comunicación conocido aquí solamente bajo el nombre de los Baader-Meinhof) puso una bomba en el headquarter que el ejército de EEUU tenía en Heidelberg para planificar sus bombardeos sobre Vietnam. La prensa atacó sin perdón a la «Baader-Meinhof-Bande» (la banda - criminal / terrorista intuiría automáticamente el lector y la lectora - de Baader y Meinhof) mientras Heinrich Böll insistió públicamente en que, como mucho, se podría hablar del «grupo» Baader-Meinhof. Consideraba necesario este matiz para no juzgarles de antemano, o ponerles en el mismo bote que una simple banda mafiosa con fines criminales. La prensa no perdonó. De repente, el mismo Heinrich Böll se convirtió en blanco de la prensa alemana, empezando por el periódico sensacionalista de mayor tirada en Alemania, el «Bild-Zeitung», que empezó una verdadera caza de brujas contra el Premio Nobel.
Será por la experiencia sufrida en su propia piel por lo que Heinrich Böll escribe un epílogo a la novela aclarando lo siguiente: «Las personas y acontecimientos son de pura ficción. (...) Similitudes con las prácticas de la `Bild-Zeitung' no son intencionadas ni casuales, sino inevitables».
Heinrich Böll no perdió su honor. Después del encarcelamiento de Ulrike Meinhof, pidió permiso para visitarla y ver él mismo las condiciones de su aislamiento -denunciado como «tortura blanca»- lo que le fue denegado. Y hasta poco antes de morir, en 1985, participó con grupos pacifistas, en plena Guerra Fría, en los bloqueos de las bases americanas donde se guardaban armas atómicas en terreno alemán.
¿Dónde están los y las intelectuales y famosillos en el Estado español que se atrevan a levantar su voz a favor de la moral y el honor, en vez de guiñar un ojo al poder del Estado?
2009/05/20
Guerra psicológica contra las mujeres

2009/04/12
Perché il fuoco non muore
"...La reconstrucción de aquellos años es un trabajo aún por hacer, contra la falsificación y el uso de la historia realizado por el sistema dominante" Primo Moroni 1997.2009/03/31
¿Por qué ahora ellos?
La evolución antidemocrática del gobierno alemán, su sujeción a los dictados del amo estadounidense y le preocupante pasividad de las clases trabajadoras inquietaron primero a Ulrike y la indignaron después. La matanza de un manifestante contra el Sha de Irán (1967) y el atentado contra el líder estudiantil Rudi Dutschke (1968) constituyeron puntos de no retorno en su reflexión política. Desde su columna de Konkret, defendió a Andreas Baader cuando incendió unos grandes almacenes y luego dio el paso a la guerrilla urbana, al participar en la fundación de la Fracción del Ejército Rojo (conocida policialmente como banda Baader-Meinhof). Era lo paradójico de su trayectoria —una dirigente pacifista que acaba fundando un grupo armado— lo que convertía su caso en motivo para pensar. Por utilizar un término de Eric Hobsbawm, que hizo fortuna por aquel entonces, era una revolucionaria sin revolución. Sacristán invocó el término de desesperado.
Cada vez más consciente de que la estrategia armada no llevaba a ningún lado deseable, pero también que decirlo era una traición para quienes pensaban lo contrario, Ulrike se quitó la vida el 9 de mayo de 1976, aniversario de la derrota de las tropas nazis. Treinta años más tarde, reflexionar de nuevo sobre Ulrike Meinhof podría ser un modo de pensar qué es la izquierda y qué podemos hacer en una situación que no deja de tener inquietantes similitudes con la Alemania de entonces. Hacer una película podía servir para dibujar —para las generaciones que han venido después— la situación de bloqueo y las alternativas que barajaba la izquierda juvenil de aquellos años: para tratar sencillamente de desvelar aquella alegoría.
Es cierto que los cineastas de aquella generación y posteriores intentaron acercarse a la experiencia de este grupo armado. Margarette von Trotta le dedicó dos de sus mejores películas: El segundo despertar de Krista Klages (1977) y, sobre todo, Las hermanas alemanas (1981). Reinhard Hauff hizo también Stammheim: el proceso (1986), editada ahora en DVD. Entre las películas recientes cabe destacar El silencio tras el disparo (1999) de Volker Schöndorff (sobre la tragedia de una arrepentida entre las dos estados alemanes) y Die Innere Sicherheit (2000) de Christian Petzold (sobre los hijos que hubieron de sufrir la trayectoria fugitiva de sus padres). También el cine documental se ha ocupado del tema, con la sobria y lúcida Ulrike Marie Meinhof. Lettre à la fille (1994) de Timoun Koulmasis. Cada una de ellas trataba, a su manera, de acercarse a las razones subyacentes a la decisión de pasar a la lucha armada.
Aunque la película RAF: Facción del Ejército Rojo (Der Baader-Meinhof Komplex, 2008) de Uli Edel, que acaba de estrenarse, no parece ir por esos derroteros. Es cierto, por supuesto, que resulta impactante la reconstrucción de la época y las escenas que son el caldo de cultivo del grupo, desde el asesinato a sangre fría de Benny Ohnesorg en la manifestación ante el régimen del Sha hasta el atentado contra Rudi Dutschke. Son rápidas, pero convincentes, las noticias que llegan de todo el mundo. Pero esa presentación se va deshinchando poco a poco a medida que se adentra en la historia del grupo y su planteamiento de la guerrilla urbana contra el imperialismo.
Meinhof tenía diez años más que sus compañeros, y tenía también más experiencia, sobre todo política, pero también muchos contactos, en particular entre la intelectualidad. Sin embargo, nada se dice en la película ni de que había sido pacifista ni de su simpatía entre sectores de los intelectuales. Así, por ejemplo, se pasa por alto que fue detenida no en cualquier piso franco sino en casa de un intelectual (que la entregó a la policía). Podría parecer anecdótico, pero no lo es: es el retrato del personaje el que resulta falseado y, por lo tanto, dañado.
También causa cierta sorpresa ver la fragilidad y la timidez de Ulrike Meinhof en relación con los demás miembros del grupo, cuando la imagen que ella daba por televisión —y son imágenes que puede haber visto cualquiera— es diametralmente opuesta: elocuencia argumental, claridad de propuestas, réplicas fulminantes y capacidad de convicción. Es muy posible que en la vida privada fuera algo diferente, pero esto no quiere decir que hiciera cosas tan social-ridículas (como leer la carta al Sha a un grupo que más parecen potentados que gente de Konkret), o que ocupara un segundo término dentro del grupo. El personaje real de Ulrike se desdibuja.
El retrato que se ofrece de Andreas Baader y Gudrun Ensslin es igualmente discutible. Posiblemente es acertado ver cierto personalismo en Baader, pero cuesta bastante de creer que jugasen con las pistolas como si nada (por ejemplo, en la carrera nocturna disparando en la carretera). Probablemente ese juego sólo es posible para quien no ha tenido un arma cargada en sus manos. Además hay algo importante que se pierde: el politicismo del tiempo; el hablar siempre en lenguaje político (incluso de las cosas más íntimas). Gudrun Esslin parece responder a este modelo, pero no los demás. Parece que estén allí para jugar un poco, o simplemente para cubrir el repertorio.
La reflexión sobre lo que hacían se esfuma en el aire. Cómo se teoriza la guerrilla urbana, cómo se fijan sus objetivos, cómo se evalúa la pasividad de las masas, etcétera, sencillamente no cuentan al hacer el guión de la película. Las divergencias en prisión —que existieron— podían haberse resuelto mediante una discusión entre ellos (las reuniones están, pero no la discusión), pero se optó por diseminar las frases relevantes a lo largo de muchas secuencias (sin relación dramática entre sí).
Lo mismo sucede con la muerte. Salvo Holger Meins —probablemente porque había el abogado presente— se omiten las muertes de los demás. Que Ulrike Meinhof se suicidara está comprobado, pero la versión que Baader, Esslin y Raspe se suicidaran deja mucho que desear. Es la frase final la que los da por suicidados a todos. Pero es la frase más etérea (y tramposa) de cuantas suenan en la película. Porque el espectador —a quien se remite ese “¿qué os habíais creído que eran?”— en realidad no puede pensar nada, porque no se le han dado los elementos de juicio para pensar cabalmente. Es una frase que permite repasar la película, pero al mismo tiempo es la garantía de que el espectador no va a encontrar más que lo que él mismo haya metido (y nunca los guionistas).
¿Por qué, ahora, ellos? Tal vez buscar la alegoría de esa activista por la paz metida a colocar bombas en las bases norteamericanas sea sólo un sueño de mi generación, el sueño de quienes un día de otoño de 1977 sentimos el frío en el corazón ante el suicidio de estado de los tres prisioneros. Tal vez esta historia vieja, del siglo pasado, sirva sólo para vender más entradas de cine (sobre todo si tiene cierta proporción de aventuras). Tal vez.
Si no fuera porque, desatendida la motivación política de los personajes, sólo queda su enfrentamiento directo con la policía. Terroristas contra serenos, con algunas frases —sobre la guerra cuando no hay guerra— que pertenecen más a este siglo que al pasado. Ahí está todo. En este duelo, por lo demás, gana la policía. En concreto, el presidente de la oficina criminal federal, Horst Herold (bien interpretado por Bruno Ganz), que fue el encargado de eliminar la Fracción del Ejército Rojo. A la nulidad con que se presenta el pensamiento político en torno a la guerrilla urbana se contrapone con todo lujo de detalles el discurso de la represión y el aniquilamiento: un Herold que, mientras saborea una sopa de bogavante, hace cábalas sobre como acabar con su enemigo. Es decir, la imagen del estado policial.
Probablemente el único héroe positivo que concibe el mercado sea éste. Un ángel exterminador de las esperanzas de cambio. Pero la Fracción del Ejército Rojo no se merecía ese escarnio desazonador, por mucho que uno disienta del camino que emprendieron.
2009/02/11
Baader-Meinhof Komplex -Trailer
Yo, Ulrike, grito
En la actualidad, desde 2006, es senadora del sistema parlamentario liberal italiano.
2009/01/17
Bajo el signo de marte, de Fritz Zorn
"Tener sentido" no es, indudablemente, la palabra justa para eso, "no tener sentido", tampoco. Puede ser que lo que hizo tampoco tuviera sentido, lo admito, pero era coherente. Yo no sé cuáles son las circunstancias que impulsaron a Ulrike Meinhof a convertirse en terrorista; pero en ningún caso podría tratarse de buenas circunstancias, ya que nadie se hace terrorista porque las cosas le van bien. Y probablemente su vida era una vida desdichada, puede ser que hasta fuera una vida desprovista de sentido, pero había una cosa en su vida: el espíritu de lucha. Es cierto que, por el momento, yo no arrojo bombas; pero creo tener yo también espíritu de lucha. Aunque ese espíritu fuera lo único que tengo.
2008/09/05
Vietnam y los alemanes 2
Vietnam y los alemanes 1
El 21 de octubre (1967) han lanzado con cohetes al territorio de los cuarteles norteamericanos de Berlín octavillas en las que se exhortaba a los soldados a no dejarse mandar al Vietnam, sino desertar. Este método de agitación es temerario, y tiene una punta de ilegalidad. Con él se trata de salvar mujeres y niños, cosechas e industrias, personas. Los que tienen el valor suficiente para recurrir a esos métodos de trabajo de oposición tienen también, evidentemente, voluntad de eficacia. Hay que reflexionar sobre ello.






